Las intensas olas de calor que asfixian a Europa y hemos sufrido en nuestro entorno en este mes de junio no son un mero accidente meteorológico, sino la factura aplazada de un modelo de crecimiento global insostenible. Las denominadas “cúpulas de calor” que se aferran a los termómetros están vinculadas, a criterio del consenso científico, a la acción humana. Y Europa está llevando la peor parte: se calienta al doble de la velocidad global a pesar de ser quienes más sacrificios económicos y sociales estamos asumiendo.

La Unión Europea ha liderado con firmeza la descarbonización, logrando reducir sus emisiones en un 35% desde 1990. Hoy, apenas representamos un 6% de las emisiones mundiales. Pero el clima no entiende de fronteras ni de cuotas y el esfuerzo europeo se diluye trágicamente frente a la insolidaridad de las dos grandes superpotencias contaminantes: Estados Unidos y China. Sus modelos de desarrollo, en una pugna de espaldas a la evidencia climática, nos condenan a todos.

Estados Unidos es el responsable del 20% de las emisiones históricas acumuladas y persevera un tren de vida insostenible con emisiones per cápita de 17 toneladas anuales, el doble que la media de un ciudadano europeo. La irresponsabilidad de la Administración Trump, abandonando de nuevo el marco multilateral del Acuerdo de París, revela una profunda indolencia política que subordina la supervivencia global a la miopía de su industria fósil, y pretende incluso que la UE rebaje sus normativas ambientales. En paralelo, China abandera la revolución de las energías renovables, pero su ingente maquinaria industrial sigue compitiendo gracias al carbón. El gigante asiático expulsa en la actualidad más del 30% de los gases de efecto invernadero del planeta.

Su milagro económico se ha cimentado sobre unas chimeneas que anulan sistemáticamente cualquier hito de reducción de CO₂ logrado en Europa. Nuestra transición ecológica no puede ser un martirio unilateral. La ciencia advierte con severidad: por muchos árboles que plantemos y refugios climáticos que abramos en nuestras ciudades, la adaptación tiene un límite. Europa es hoy el daño colateral del pulso entre Washington y Pekín. Debe hacer valer mejor que hasta ahora su peso comercial y una firmeza diplomática imprescindible pero ausente hasta hoy.