Estábamos a la sombra en una terraza y se acercaron. El mayor tendría siete años, la del medio cinco y el pequeño dijo que tenía tres, pero que en septiembre iba a cumplir cuatro. A esas edades, a la pregunta de cuántos años tienes se contesta como lo hizo el pequeño G, diciendo la edad presente y apuntando la por venir, como si hubiera que asegurar la ansiada progresión ante una amenaza de estancamiento o retroceso.
En una mesa cercana, una mujer joven, seguramente su madre, vigilaba la escena. Esa salida mañanera con las tres criaturas sería una de las primeras de este largo verano que ha empezado con tanto calor.
Se aproximaron con determinación, con un fajo de papeles, un misterioso bote de cristal y una pregunta que disipó la intriga, que si les comprábamos un dibujo. Eran emprendedores. No llevábamos metálico, bueno, yo tenía unos céntimos, luego descubrí que tres, así que les propuse que nos hicieran un regalo. Momento de crisis para paladear.
Tras unos segundos de parálisis, los dos mayores, un par de perfiles ejecutivos, se consultaron sin palabras, miraron sus dibujos, varias láminas coloreadas y algún original, y se volvieron hacia el pequeño, que comprendió que su A5 con garabatos en las dos caras (ojo, una en colores cálidos y la otra en fríos) era la creación elegida.
Explicaron con detalle la temática de la obra, que no habríamos podido deducir por nuestros propios medios, y se despidieron. Ofrecí al pequeño G los tres céntimos como quien no quiere la cosa y se alejaron en busca de clientes de verdad.
Pensé en la combinación de vacaciones, criaturas, infinitos estados de ánimo y demandas variadas. Una tarea no por repetida menos costosa. Imaginé a la madre en septiembre besando el suelo del centro escolar. Buen verano.