No ha sido un anuncio más. Aunque no afecta a Navarra, cuyas perspectivas de producción y empleo siguen siendo buenas, la decisión de Volkswagen de recortar 100.000 puestos de trabajo en todo el mundo, y sobre todo en Alemania, supone una prueba más de las dificultades que el fabricante de coches más prestigioso de Europa enfrenta para mantenerse como un actor relevante ante competidores, sobre todo asiáticos, cada vez más numerosos y agresivos.

Faltos de agilidad y con unos costes muy superiores, Volkswagen y otros fabricantes europeos simplemente no son capaces de producir coches tan atractivos y baratos como rivales que apostaron por la movilidad eléctrica mucho antes. El anuncio, además de profundizar en las viejas recetas del recorte de gastos, ilustra también las consecuencias de una apuesta política muy europea: anteponer la economía financiera a la real.

En la última década, el grupo, en lugar de invertir lo suficiente en innovar y preparar el futuro, ha repartido cerca de 35.000 millones de euros en dividendos. Una parte tiene como destino las arcas públicas del Estado de Baja Sajonia, gran accionista, pero otra ha ido directamente a bolsillos privados. Una complacencia, premiada además con cuantiosas ayudas públicas, que hoy se paga.