Moreno Bonilla se ha acabado liando. Leire Díaz lía incluso a la cúpula de la Guardia Civil. El PP se lía con los nietos de emigrantes. Zapatero sigue liado con sus joyas. Sumar trata de salir de su lío y ve que IU le mete en otro. Demasiadas madejas enredadas como expresivo reflejo de una asfixiante contaminación política y judicial que no parece tener fin.
Ajenos a este proceloso y denigrante espectáculo, en cambio, la otra realidad: nuevo aumento del empleo, el Ibex cierra el mejor trimestre en seis años y la DGT espera 100 millones de desplazamientos por carretera este verano.
Las hemerotecas las carga el diablo. Lo acaba de experimentar el presidente de Andalucía. Juanma Moreno se traga finalmente el sapo de Vox, a quien repudió sin desmayo en campaña. No le ha valido su arrolladora victoria con el 41,8% de los votos. Los dos determinantes escaños que le alejaron en mayo de la mayoría absoluta sepultan la esencia programática de su campaña electoral, refutan buena parte de su credibilidad y, desde luego, abortan un estilo de gobierno diferente.
Pero tan forzada solución tampoco le sirve a toda la izquierda junta, que se pasará otros cuatro años clamando al cielo, muy lejos de participar del nuevo tiempo en el que se ha instalado este territorio. Solo sonríe la ultraderecha por otro ensayo de poder que va adquiriendo carta de naturaleza. Una cuarta parte de la población autonómica ya está en manos del binomio PP-Vox. Aquel rechazo alarmista de julio del 23 va perdiendo mucho gas.
También los archivos y la simple memoria han desairado a voces de mando del PP en su esperpéntica postura sobre la polémica ley de nietos. Aquellos que como el propio Feijóo o la dicharachera portavoz Ester Muñoz clamaron en su día por los derechos electorales de la inmigración se han visto obligados a desdecirse tras haber desbarrado patéticamente por adentrarse irresponsablemente en el jardín trumpista de Abascal y los suyos relativo al fantasmagórico fraude electoral. Solo la terca evidencia pública de tan ramplona contradicción ha permitido desmontar rápidamente una polémica tan burda.
Aunque llueve sobre mojado, con el sonoro coscorrón mediático de este fiasco político sobre el voto en la diáspora, los sesudos estrategas de Génova han impedido a su partido seguir explotando con profusión durante demasiados días la cascada de nuevos capítulos de corrupción que siguen acechando al entorno sanchista. Peor aún, han infringido un duro golpe a la mínima sensatez que se debe exigir a un partido mayoritario con indudables responsabilidades de poder en asuntos tan nucleares como éste para la consistencia democrática de un Estado.
Manual de resistencia
En La Moncloa se desgañitan por desviar la atención centrada en los ventiladores informativos de la UCO. Les vale todo en la sala de máquinas presidencial para componer un mínimo manual de resistencia. En el empeño acumulan sin reparos los registros masivos de inmigrantes, el rescate de viejas propuestas sobre vivienda o hasta el globo sonda de los Presupuestos.
Desgraciadamente para su propósito, las correrías de Leire se lo desbaratan en un instante. Un día las imputaciones llegan al corazón de la Sepi; otro, a la dirección y mandos de la Guardia Civil. Así es imposible que el nuevo récord de trabajadores en activo se haga un mínimo hueco en las portadas.
Los escándalos se suceden sin límite. Las dimisiones en la cúpula de la Agencia Tributaria no son baladí. Por fin, Hacienda ha dicho basta al libertinaje de oídos sordos que venía manteniendo en relación al ajuar libre de impuestos de Zapatero. Las joyas del expresidente siguen representando un tormento indisociable para la familia socialista y el resto de la izquierda, conscientes de la dificultad hercúlea que supondrá reparar tamaño estrépito. Únicamente Sánchez se atreve a poner buena cara en vísperas de que Julito Martínez dé el paso que despeje su suerte judicial.
Las horas también corren para Sumar en su desesperado intento de reformular su espacio, a partir del próximo sábado, aunque sin desprenderse de sus frecuentes desgarros internos. La explosiva dimisión de Lara Hernández como coordinadora tras la huida por inanición de la decepcionante Yolanda Díaz refleja buena parte de las miserias cainitas de la vida orgánica de muchos partidos. Y sin tiempo para reponerse, este movimiento también deberá atender al enésimo enredo de IU para refundar una alternativa de espectro tan amplio como receloso, pero crucial para privar a la (ultra)derecha del ansiado gobierno. Otro lío.