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Carta a los miserables

Todos sabemos quiénes son los miserables: los que viven en la miseria. Los que duermen en la calle, se alimentan de los desechos de contenedores de basura o de raíces? Pero hay más, hay muchos otros miserables: los maravillosos miserables que se alimentan de nosotros desde la política, desde la Iglesia, desde las letras, desde los medios de comunicación. Les pondremos nombre.

Don Felipe González Márquez, elevado a la categoría de sabio, nos brinda lindezas como: "Tuve que decidir si volaba la cúpula de ETA. Dije no. Y no sé si hice lo correcto".

Benedicto XVI, el Papa, en vez de ratificar el refrán castizo: "La mujer casada y honrada, la pierna quebrada y en casa", nos la quiso meter con vaselina, con trampa típica del discurso de la jerarquía, y dijo: "La Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización", mientras cuatro monjas limpiaban el suelo y el altar, la mano de obra barata del Vaticano.

Fernando Sánchez Dragó se pavoneó de acostarse en Tokio con "dos lolitas de trece años".

Y qué podríamos decir del innombrable Silvio Berlusconi, lo más parecido a un Drag Queen recién operado de ojos pitarrosos; dijo, más o menos: "Es preferible perseguir a las bellas muchachas que ser homosexual".

Díaz Ferrán, presidente de los empresarios: "Sólo se puede salir de la crisis trabajando más y ganando menos".

De Bush, Aznar, Blair y Barroso en las Azores, mejor no hablar.

Algo tienen en común todos estos bandidos. Son viejos, viejos en el peor sentido de la palabra: necesitan seguir estando en el candelero (candelabro, que decía aquella), mandando, sintiendo el placer del poder, el orgasmo de ver que les escuchan, que les creen, que hacen lo que ellos ordenan. Y no les vamos a dar más el gustazo. No hablaremos más de ellos. Nunca jamás, amén.

Si en pleno siglo veintiuno lo más granado de la sociedad se marca estas lindezas, por no decir canalladas, algo está a punto de petar o el género humano está tarado.

¡Viva la República de Bardenia! ¡Ongi etorri!