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El pasado, ¿prisión del presente?

¡QUE la memoria del pasado no trate de encarcelar el presente! De esto quiero decir ahora una palabra, de la memoria. De ella he hablado en diversos foros y sobre ella he escrito en distintas ocasiones. Hoy, en que parece despuntar una nueva posibilidad para la paz, me gustaría agregar -con respeto, humildad y modestia, dado lo delicado del asunto- un pequeño acento a tantas cosas ya dichas. Y quiero empezar trayendo a colación una perspicaz y sabia afirmación del gran San Agustín: "La memoria es el presente del pasado".

Indudablemente, la memoria plantea una relación entre pasado y presente. Pero es desde el hoy y en función del mismo desde el que se hace memoria y ésta se actualiza. La memoria no dice una relación primera, y mucho menos exclusiva, con el pasado. Apunta, más bien, a un presente que se proyecta hacia adelante. El pasado, ciertamente, está ahí, pero interpelando y dando densidad al momento actual, que se quiere y pretende distinto, nuevo, transformado.

En este sentido, la memoria es transformadora. Se hace memoria para recrear el presente. Por eso la memoria no es simple recuerdo, ni siquiera mero recuerdo reivindicativo de las cuentas no saldadas y aún pendientes -qué pasó, cómo pasó, por qué pasó, quiénes fueron sus responsables o culpables de que pasara, si han tenido lugar la justicia y reparación indispensables, etcétera-. Hay en la memoria una vocación intrínseca a ser transformadora. La memoria es activa: se hace memoria, hacemos memoria. Tomamos impulso del pasado no sólo para que el mismo no se repita, sino para que nuestro presente y futuro sean nuevos y distintos.

Por eso la memoria no puede convertirse en una especie de losa para el presente, sus expectativas y esperanzas; y menos en una prisión en la que el presente quede encadenado. Evocamos personas, hechos, sucesos, grupos y prácticas del pasado para que, de modos diversos, tengan impacto transformador en el ahora y del ahora. Uno de esos modos puede ser el de la autocrítica o reconocimiento de los errores e injusticias cometidos y el indebido sufrimiento causado.

Se ha repetido oportunamente hasta la saciedad que la memoria constituye un deber social y político. Y también un derecho, muy especialmente de las víctimas y sus familias, como parte inherente a la justicia y reparación que les son debidas. Ahora bien, en atención a la particular coyuntura que vivimos, se impone una reflexión. Es delicada, pero la considero necesaria. Ni las víctimas pueden, ni en su nombre o poniéndolas como pretexto se pueden poner hoy trabas a una paz necesaria, larga y hondamente deseada y, a lo que parece, posible. Hoy, más bien, precisamente en nombre y por exigencia de la memoria debida a las víctimas, todo el mundo tenemos el deber de contribuir a crear las condiciones más favorables y precisas para la paz.

Sabemos que son muchas las cuestiones pendientes. Pero, para darles cumplida respuesta, necesitamos de entrada un nuevo presente de ruptura definitiva con el pasado de violencia y de rechazo recíproco. Un pasado, por cierto, lleno de fundamentalismos, injusticias e imposiciones. Y también de incomprensiones, intolerancias y exclusiones.

Guillermo Múgica

Del Foro por la Reconciliación