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Jesús

Me lo imagino entrando en el Vaticano con la misma vehemencia con que barrió a los mercaderes del templo, con todos sus bártulos patas arriba, con sus cruces de oro macizo por los suelos, sus purpuradas capas descolgadas de los hombros? los lustrosos zapatos rojos, las valiosas pieles de armiño? "ciegos y guías de otros ciegos, que ni entráis ni dejáis entrar" . A Jesús lo mataron los buenos. Y hoy lo siguen denunciando porque pone ante su espejo al hipócrita que sirve a Dios y al mercado.

Jesús fue coherente hasta el final. Hacía lo que decía, no como un hipyee circunstancial, ni un pijo marginal de temporada, sino como un ser despierto, antípoda de castas sacerdotales y organizaciones jerarquizadas. Escogió a sus discípulos entre los marginados, se encontraba agusto entre los sospechosos, se dejó acariciar por las mujeres. Su modelo no fue el éxito: el primero es el último y el último el primero.

Fue claro: "cualquiera de vosotros que no renuncie a todo o que posee, no puede ser mi discípulo". Un mandato que, huelga decir, ha causado malestar a lo largo de los siglos por resultar incompatible con la llamada vida normal de los cristianos de a pie, sometida de la cabeza a los pies al dios mercado. El mensaje de Jesús, salvo el sueño de Francisco de Asís, Leonardo Boff y otros grandes desconocidos por los mass media (como aquí Begoña Intxaustegi), es un mensaje de amor sin estrenar. Pero un peligroso sueño: los buenos de auí siguen matando. Que se lo pregunten si no a los palestinos, a los saharauis, a los marginados de Bilbao, que la Policía barre a los extrarradios después de arrebatarles su manta, como a mi amigo Mohamed y a los que la ley implacable de un falso Gobierno socialista, con sus miserables cómplices, condena a la intemperie.

Jesús es patrimonio y sueño de toda la humanidad, sólo quien vive como él puede ser llamado hijo de Dios.