Piedra de toque

02.02.2020 | 06:16

En el 75 aniversario del descubrimiento y de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz el 27 de enero de 1945 por las tropas rusas, todos nos sentimos consternados de ese horror, y nos preguntamos cómo fue posible que una sociedad culta como la alemana fuese capaz de alumbrar esa inhumanidad; porque todo asesinato va contra la humanidad, disminuye nuestro ser persona porque nos lleva al exterminio como especie humana.

Estamos orgullosos de ser capaces de vivir respetándonos unos a otros, en democracia, decimos, y tal vez por eso nos parece imposible que aquello pueda volver a suceder.

El nazismo se ensoberbeció, se impuso a una mayoría social mediante la violencia y el miedo, se creyó más patriota alemán que nadie y lo que consiguió fue la destrucción de Alemania y de muchos alemanes.

Por eso el respeto y consideración a todas las víctimas del holocausto nazi es símbolo de nuestro respeto a los valores humanos que favorecen la convivencia entre diferentes aunque iguales en derechos y dignidad.

Los carlistas tenemos en quién mirarnos a la hora de relacionarnos con nuestros semejantes, y a la hora de hacer propuestas para que sea la sociedad la que elija. Don Javier de Borbón-Parma fue internado en el campo de concentración de Dachau y salió vivo de allí por esas cosas que pasan afortunadamente; lo detuvieron los nazis por formar parte de la Resistencia francesa, por luchar por la convivencia pacífica, por la democracia como forma de relación social. Cuando los de la Gestapo llamaron a Franco para ver si le interesaba vivo, les contestó que no le conocía, cuando había hablado con él personalmente en diciembre de 1937 y había escuchado las exigencias carlistas para después de la guerra del 36-39: libertades políticas, territoriales y sindicales, y un referéndum para conocer la opinión de la sociedad española sobre el retorno de la monarquía tradicional.

Don Javier, que recibió la legitimidad de su tío don Alfonso Carlos que, a su vez, la recibió de su sobrino don Jaime, que la recibió de su padre don Carlos VII, y así hasta llegar a don Carlos V, al que los sedicentes liberales impidieron, por la fuerza de las armas extranjeras y del dinero, acceder al trono que le correspondía según los usos del tiempo.

Los carlistas no aceptamos la política de hechos consumados y, así, la honra a don Javier de Borbón-Parma es la piedra de toque del Carlismo, por encima de símbolos robados, de traiciones, de confusiones, y de vueltas de la Historia, que mejor que no se hubiesen producido, al igual que el nazismo y el holocausto innecesario de tanta gente, seres humanos.