Cartas al director

Cita previa

10.02.2020 | 00:24

Su documento nacional de identidad estaba a punto de expirar y tenía que viajar a otro lugar donde las fronteras se lo iban a demandar. Acudió a la comisaría, donde de ordinario, estas cosas se hacían. ¡Sorpresa! Ya no era esa la vía. Había una página en internet y por ahí podía lograr lo que quería o, mejor, lo que el Estado español exigía, mas pronto se trocó en llanto su alegría pues no funcionaba y se atascaba. Una página chapucera amanecía con opciones que caían según las escogía. Supo de un teléfono donde poder lograrlo, pero ocurrió lo mismo. Un robot contestaba a todo pero se atrancaba porque las opciones no eran las adecuadas y no dejaba volver atrás. Una decena de llamadas consiguió, finalmente, salir de la desesperación y lograr lo que ansiaba. Rabiaba. ¡Qué manera tan sencilla de provocar odio al Estado español por su ineptitud!Las leyes nos exigen acciones que muchos no pueden lograr. Pocos entienden cómo hacer la declaración de la renta y requieren intermediarios, pero el documento que testifica oficialmente nuestra identidad es necesario para casi cualquier movimiento y más ahora que los bancos pueden bloquear nuestros ahorros si no lo tenemos actualizado. Ni una persona dispuesta a atendernos queda, solo sistemas ineficaces creados por ingenieros ciegos de inteligencia, solo estúpidos robots que hablan sin entendernos. No hay personas y el sistema se vuelve inhumano. En las comisarías tampoco atendían ni podían hacer nada de lo que se exigía. Cada vez es todo más rígido en los trámites y se ahorran lo que debían ofrecer a los ciudadanos: no se puede exigir que tengamos ordenadores y conexión a la red si no ofrecen cursos y terminales gratuitos. ¿Qué sucede con ancianos o personas que no entienden estos sistemas tan complejos? Excluidos del sistema quedan si nadie los maneja por ellos. Así pasa también con las instituciones estatales enfrentadas con leyes mal diseñadas, con chapuzas legislativas y diatribas judiciales que enfrentan regiones y provincias, sin contar con las consabidas corrupciones por cuestiones ideológicas. Piden cita previa las autoridades catalanas, parcialmente desautorizadas, y unos y otros se alborotan arrojándose una pelota que más parece un erizo, tales son las espinas que lleva en su superficie, o tal vez sea más bien una bomba que cualquier día, ya en las manos de todos, nos explota. Ojalá podamos unirnos para salir del entuerto pues si los sistemas legales, administrativos, judiciales e informáticos son torpes e ineficaces y elaborados por ineptos, tal vez puestos en esos puestos a dedo, las personas que están todavía por encima de estos engendros, si son flexibles y quieren, podrían rectificar el rumbo automático hacia el caos y buscar acuerdos por bien general de la población a la que dicen representar o van a facilitar adquirir un DNI catalán.