la carta del día

Una buena educación

26.05.2021 | 01:48

Antes de hablar, pensar, y antes de pensar, leer

Fran Lebowitz

Falta poco para que se acabe el curso académico y llegará el momento de hacer balance. ¿Qué es lo que se mirará? Las notas, los resultados, en definitiva, si el esfuerzo realizado ha servido para conseguir el objetivo de pasar de curso.

Este año, por primera vez, he sido voluntaria en un grupo de apoyo escolar, ayudando a hacer la tarea a niños de 11 años. En todas las horas que hemos dedicado a este fin, quitando alguna excepción, lo prioritario era acabar cuanto antes y dejar el cuaderno con los ejercicios completos para presentarlo a la profesora. La motivación, el sosiego y la concentración necesarios para que el aprendizaje se consolide han sido imposibles de conseguir. Hay mucha prisa, muchas cosas para hacer en poco tiempo.

Vivimos una época en la que todo debe suceder enseguida, debe ser inmediato y no se le dedica tiempo suficiente, entre otras cosas, a leer, a pensar y a aprender.

El escritor Bruno Patino, en su libro La civilización de la memoria del pez, hace una comparación entre los peces y los humanos y dice que, según los científicos, los peces, encerrados en su pecera, tienen su memoria tan poco desarrollada y su atención es tan limitada que descubren un mundo nuevo cada vez que recorren la pecera. Para ellos, en realidad, esto no es una maldición, sino una suerte, que transforma la repetición en novedad, y la estrechez de una cárcel en un mundo infinito. Comparando con los humanos, el tiempo de atención, la capacidad de concentración de los que han nacido con conexión permanente y han crecido con una pantalla táctil en la punta de los dedos es, según Google, como la del pez, de 9 segundos. A partir de este momento, el cerebro se desengancha. Necesita un nuevo estímulo, una nueva señal, otra recomendación. Y ahí están los twist, los snaps, los mensajes, vídeos etcétera para hacernos creer, como los peces, que estamos descubriendo un mundo nuevo.

En este contexto, en esta realidad, ¿cómo se puede, desde las aulas, motivar a los alumnos para que se interesen y dediquen tiempo a aprender en el sentido más amplio de la palabra? Creo que es un gran desafío, pero puede haber maneras de conseguirlo.

Las Humanidades sirven para este objetivo. Sin embargo, actualmente están siendo marginadas del sistema educativo y han pasado a ser algo secundario. Parece que solo se valora el conocimiento de algo si está directamente asociado a lo útil, a la tecnología, a conseguir un nivel que sirva para acceder a una universidad que produce alumnos destinados al mercado de trabajo y a la producción.

El conocimiento de la literatura, la historia, la filosofía, el arte, etcétera nos ayuda a estructurar nuestro pensamiento, a desarrollar nuestra capacidad de análisis, a reflexionar y a debatir. Por lo tanto, resulta muy útil.

Se suele decir que la educación es el poso que queda cuando se olvida lo aprendido en la escuela. Efectivamente, en los primeros años de nuestra vida vamos formando la mente y ésta se alimenta de lo que va recibiendo y va absorbiendo como una esponja. En la infancia y adolescencia vamos creando nuestro sustrato y la calidad de éste va a depender mucho del entorno en que vivamos, de la familia, de la escuela, de la forma de transmisión de los conocimientos, de la visión del mundo que tengan los que nos rodean.

Si incluimos en este sustrato una buena educación en lo que se llaman Humanidades, creo que podremos alejarnos un poco de esa civilización del pez y conseguir adolescentes y jóvenes atentos y con un buen desarrollo de su capacidad de pensar.

No olvidemos que útil es todo aquello que nos ayuda a ser mejores.

La autora es profesora jubilada

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