Aunque la ciencia tiene argumentos sobrados para dejarnos huérfanos de réplicas y supersticiones, hay sucesos cotidianos que desafían su omnipotente autoridad. Es el caso de los calcetines que desparecen sin dejar rastro y no se vuelven a ver. Los metes en la lavadora, después en la secadora y cuando revuelves el montón de la ropa preparada para la plancha, siempre sale alguno desparejado, más solo que la luna. Y más parece un signo de interrogación que un calcetín. Revisas concienzudamente el tambor de la lavadora. No hay nada. Después el de la secadora. Tampoco. Vas al cesto de la ropa sucia. No te lo has dejado ahí. Revisas en el cajón los calcetines desparejados. No coincide con ninguno. El misterio es irresoluble. Hay muchas cosas sin su explicación. Mi hermano me preguntó si había visto el viejo cucharón. ¿No está aquí? le pregunté abriendo el lavavajillas. Los dos miramos detenidamente dentro y comprobamos su ausencia. Abrí la puerta del armario y revisé el escurridor. Tampoco lo hallé. Compraré otro mañana sentencié vencido por la evidencia. Así lo hice y lo metí en el lavavajillas por ser demasiado nuevo, añadí el detergente y lo puse en marcha. A las dos horas abrí la puerta y vi que además del nuevo también se encontraba el cucharón extraviado. Estaba atrapado bajo el cristal nítido de dos tupperwares en la cesta superior ¿Cómo un humilde cucharón pensé puede burlar a dos personas al mismo tiempo sin que esté demostrado científicamente que cuatro ojos ven menos que dos? Recordé entonces una frase profética: ¡Alguien nos sueña! Es de Borges, influenciado por Kant y Schopenhauer. Si desaparecen muchas cosas sin nuestro consentimiento a lo mejor es que El Ser que nos sueña tiene problemas de memoria me dije. Tiempo atrás soñó con bestias, como la de un hombre con una pesada cabeza de toro que se alimentaba de pasto humano. En torno a él se anudaban los fatales caminos de piedra. Ahora sueña menos raro. Lo hace con toros que corren hipnotizados tras unos pañuelos rojos que vuelan como mariposas sobre un mar blanco en el que flotan camisetas de fútbol. Se oyen gritos. A veces son el trueno de la cornada. Otras parecen más una invocación para equivocar al toro. Los cencerros adornan el recorrido con una alegre sirena de identidad que minimiza el peligro. Los cohetes terminan sonando a paréntesis. Todo es festivo. Nada que ver con el horroroso bramido de la bestia. Su eco lejano humedece las paredes de los pasillos con su aliento de miedo que afloja las rodillas e impide correr. Hoy día El Soñador nos hace mejores. Más libres y felices. Como nos hacen los libros.
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