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La ciudad se prepara para la fiesta

La ciudad se prepara para la fiestaARCHIVO

En la ciudad ya todo va oliendo a los ricos olores del comienzo del verano: la estela de los tilos va dejando paso al olor fresco que antecede a la fiesta: el olor de la ilusión, de los preparativos, la vieja madera del vallado, la música, la emoción, la familia, los amigos y las vacaciones de verano.

Por las carreteras llegan desde cientos y cientos de kilómetros quienes un día dejaron la ciudad buscando un porvenir en otros lugares. Vuelven con la música sanferminera y las jotas cantándolas a grito pelado en los coches.

Los aviones traen a quienes se fueron todavía más lejos y aterrizan a ritmo de txistu y tamboril con el ritmo de los gigantes contagiado en sus piernas. Vuelven con la ropa blanca doblada en sus maletas junto a los pañuelicos y las fajas rojas.

Los trenes traen pedazos de corazón que viven en otras ciudades, en otros pueblos, y que permanecen unidos con una cuerdecita a quienes les quieren por estos lares, como esos globos de helio que se alejan hacia lo alto, pero se mantienen unidos a esa mano que les sostiene. Vuelven con un abrazo ancho e increíble, un pecho abierto donde quedarse para compensar tantas horas de añoranza. Vuelven sin prisa y comprendiendo que la añoranza también se les ha pegado a la piel muchas tardes de domingo y pegan mutuamente sus nostalgias con lágrimas de alegría, queriendo que ese momento sea eterno.