“Nunca, desde nunca, había encontrado tanta incertidumbre en el corazón de mis amigos. ¿Será posible?”. Esto escribía García Márquez el 26 de enero de 1983 para el periódico español El País donde salió a relucir el bosque Chapultepec en mitad de Ciudad de Méjico con la nostalgia de ese bosque lleno de sol en medio de un aguacero que le desorientó y le caló hasta el alma. Sin embargo, la siguiente y triste vez que lo visitó, sólo era una exposición de árboles secos añorando el agua y a la gente que antes lo frecuentaba.
No había guerras tan violentas como las de ahora, los precios no saltaban por encima del sentido común, el calor agobiaba pero no asustaba y las empresas no se metían como lobos con piel de cordero en las casas a través de la wifi, el correo electrónico y el móvil con la excusa de hacernos cómoda la vida. Y sin embargo, en los corazones de los amigos de Gabriel se instaló en ese 1983 la misma incertidumbre que ahora nos preocupa a nosotros por la acumulación de problemas graves. Quizá fuese menos intensa, pero no distinta. Por lo tanto, la incertidumbre la deberíamos tratar como tratamos la meteorología porque parece que esté instalada en el ambiente como la temperatura o la presión atmosférica. ¿Dónde se produce la incertidumbre?
Comparemos el universo con el ser humano, ya que lo particular imita lo universal y lo universal se reconoce en lo particular. Cuando te golpeas fuerte en una pierna sientes un intenso dolor en ella. Sin embargo, ese dolor, tan real como si lo pudieses tocar, en realidad se produce en tu cerebro y se ha generado ahí a través de la información de las terminaciones nerviosas de la pierna. Tu propio cerebro se encarga en milésimas de segundo de hacerte creer que ese dolor sucede en el lugar donde se produjo el impacto.
¿Y si la incertidumbre recibe nuestros miedos en algún elegido lugar del universo y nos los devuelve filtrados como si los originásemos en nuestras almas? Quizá sólo seamos como una radio con circuitos infalibles y la última tecnología que piensa que la música que emite la inventa ella desde sus entrañas electrónicas.
En el siglo XIX el filósofo ateo Schopenhauer escribió el libro El mundo como voluntad y representación. El mundo es el reflejo activo de esa voluntad, entendí que quería decir. En estos días convulsos las imágenes de la TV nos duelen más de lo que se puede soportar incluso con el consuelo del llanto. Será que todos somos un solo ser como una es la voluntad, ambos la viva representación del ADN de Caín pegándose un inconmensurable tiro en el pie.