Por qué la educación sexual no funciona
Las infecciones de transmisión sexual siguen aumentando en España a un ritmo que desmiente cualquier sensación de control. La paradoja es evidente: nunca hubo tanta información disponible… y nunca se diagnosticaron tantas ITS. Algo esencial está fallando.
Durante años, la educación sexual se centró casi exclusivamente en lo técnico: métodos, riesgos, prevención. Información necesaria, sí, pero insuficiente. Porque la conducta sexual no se decide en un aula, sino en contextos donde influyen la emoción, la presión social, el consumo de alcohol, la inseguridad afectiva o la búsqueda precipitada de relaciones. La teoría, por sí sola, no cambia hábitos.
Mientras tanto, el porno -consumido a edades cada vez más tempranas- se ha convertido en el principal formador de expectativas. Presenta relaciones sin afectividad, sin límites y casi siempre sin protección. Su impacto es silencioso, pero profundo: moldea la imaginación y desplaza cualquier mensaje educativo formal.
A eso se suma una falsa sensación de seguridad. El avance de los anticonceptivos ha reducido el miedo al embarazo, pero no protege frente a infecciones. Muchos trivializan las ITS como problemas “de fácil solución”, cuando pueden generar complicaciones serias e incluso infertilidad.
La raíz del fracaso está en haber separado la sexualidad de su dimensión humana. No se habló lo suficiente de afectividad, responsabilidad, respeto, autocuidado, dignidad personal y sentido del compromiso. Sin una base ética -llámese humanista, cultural o incluso antropológica- la técnica queda flotando en el aire.
La educación sexual que funciona no es la que repite instrucciones, sino la que ayuda a tomar decisiones libres y maduras, que integran cuerpo, emociones y vínculos.
En definitiva: necesitamos menos consignas y más criterio. Porque la prevención real no empieza en la farmacia, sino en cómo uno entiende y vive su propia sexualidad.