El mismo rango entre lo sencillo y lo simple se da entre solución y complicación y también entre distensión y guerra.

Nací hacia finales de la primera mitad del siglo pasado en un país en que aún aparecen rescoldos de una cruel guerra civil y en un continente en que vuelven a humear los tratados de paz, ¿por qué?

Completado el primer cuarto del siglo XXI nos hallamos en la misma situación potencial que se dio en el primer cuarto del siglo pasado, lo cual nos dice que ese largo periodo de progreso material, científico y tecnológico ha servido poco más que para volver al mismo punto de partida. Sí, pero con una estratosfera inundada de chatarra radioactiva y una atmósfera cargada de contaminantes nocivos a consecuencia de que desde hace 55 años llevamos extrayendo y disponiendo del planeta más de lo que puede crear, no para sobrevivir, sino para depredar y poder seguir en la contienda.

Einstein definió la locura: “Hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”. Y en ese hacer siempre lo mismo está el desear los bienes del prójimo y el pecado, se llama codicia de unos pocos. Siendo la consecuencia guerras que a su vez son causa de la consecuencia más fatal que se da en todas: muerte e invalidez para miles de jóvenes inocentes que, no odiándose entre ellos, se matan entre sí, enviados por quienes se odian a muerte y ni tan siquiera intercambian un pellizco.