Tengo 27 años. El sábado salí a divertirme con mis amigas, y de nuevo la pregunta: “¿y tú no bebes nada?”. A lo que yo respondo: “No”. Y entonces, lo que solo era una pregunta da paso a un interrogatorio: “¿Nunca has bebido? ¿Por qué no bebes? ¿Cómo aguantas? ¿No te aburres?”. (Por no hablar de cuando me incitan a beber alcohol, como si quisieran humanizar un poco a la extraterrestre con la que acaban de toparse).

Tras el interrogatorio, o contesto y sigo divirtiéndome o entro en modo socióloga reflexiva. ¿Cuándo hemos normalizado tanto emborracharse que el objeto de debate es no hacerlo? ¿En qué momento el alcohol se ha convertido en un requisito para socializar? ¿Cuándo hemos dejado de controlar el alcohol para dejar que este nos controle?

No tengo respuesta para esas preguntas, pero si su planteamiento, al menos, da lugar a la introspección, quizás algún día la pregunte deje de ser: ¿por qué no bebes?, y pase a ser: y yo, ¿por qué bebo? Y es que beber o no beber debería ser una elección personal, libre y consciente. Pero mientras la primera opción esté normalizada, la segunda seguirá siendo cuestionada, y yo, cansada.