Recuerdo mis años estudiando piano de pequeño con una mezcla de nostalgia y rechazo: descubrir la música era maravilloso, pero la obligación de repetir hasta la saciedad ejercicios, escalas y solfeo convertía el aprendizaje en un castigo. ¡Czerny cuánto te he maldecido! Repetir como un autómata día tras día, hora tras hora, me llevó a abandonar el piano.
Cuando fui padre, coincidí con mi pareja en que la música es esencial para el desarrollo cognitivo de los niños y un compañero de viaje para la vida. Sin embargo, también surgieron dudas sobre hasta qué punto añadir presión a edades tempranas. Decidimos probar con la escuela de música Orreaga, en Artica, donde nuestro hijo aprende piano desde hace tres años.
Cariño es lo que nos hemos encontrado; desde el director hasta los profesores pasando por Merche, la recepcionista, el trato es cercano y afectuoso y convierte la escuela en un espacio para disfrutar más que en un cuartel militar, como yo recordaba de niño. La metodología es diferente: los alumnos aprenden jugando, tocando temas que les gustan, participando en bandas y audiciones, y estudiando lenguaje musical a un ritmo cómodo y sin presión. Ponle a un niño de siete años a hacer escalas y fruncirá el ceño; que las aprenda sin querer tocando temas que les gustan y se sentará a practicar el piano en casa sin que se lo pidas.
Comparo esto con la educación formal y veo cuánto queda por avanzar: todavía muchos niños pasan horas sentados frente a una pizarra, asimilando información que luego olvidan, con exigencias que no se corresponden con su madurez. Afortunadamente, la pedagogía evoluciona, y ejemplos como esta escuela muestran que un enfoque amable, lúdico y estructurado da resultados visibles.
Mis padres me obligaron con cariño a estudiar piano; hoy, mi hijo ya toca un segundo instrumento y quiere un tercero. Y yo también me he animado a aprender dos instrumentos en la escuela. La metodología, la edad o ambas cosas hacen que disfrute incluso cuando toca armonía; la música se ha convertido en nuestra válvula de escape.
Avanzamos, aprendemos, y lo más importante es permitir que la letra entre sin sangre: con cariño y un enfoque pedagógico atractivo, los propios alumnos piden más y más. Agradezco a Joserra la semilla plantada en mi hijo, que ha florecido a muchos niveles y ha hecho que ame un mundo que lo acompañará toda la vida, aportándole mucho más de lo que puede imaginar.