El Opel Corsa blanco de delante parece ciego: sus luces de freno no se encienden. Puede que la goma del pedal no haga contacto o que un bache haya separado los filamentos. No lo sé. La operación salida, con sus atascos, da para mucho. En la radio suena la misma canción en bucle. Aún me queda una hora.
Durante la espera recuerdo La vida de Chuck de Stephen King. El relato narra la vida de un hombre desde su muerte hacia atrás, en un mundo que se descompone. “Al principio estábamos preocupados. Queríamos respuestas. La gente fue a Washington y se manifestó”, dice un personaje. Luego llegaron las catástrofes, lo imposible.
Y después, el final: “Hemos recorrido las cinco etapas del dolor (…) ahora hemos llegado a la última: la aceptación”. Ese es el punto. La sensación de que todo sucede a la vez: “última hora”, treguas de semanas que duran horas, drones que rompen acuerdos.
Al otro lado de la pantalla, la gente asume sin comprender, sin decidir. Como si la historia avanzara sola. Pero en el cuento, Chuck hace algo distinto: mira. Se detiene y recuerda unos versos de Walt Whitman. El arte, de pronto, ordena el ruido. La aceptación no es resignación: es una forma de elegir cómo estar en el mundo.
Un claxon me devuelve. El Opel Corsa está a quince metros. Veo por el retrovisor al conductor de atrás haciéndome muecas para que avance. Meto primera. Quizá el problema no sea la espera, sino haber olvidado qué hacer con ella.