El pasado mes de febrero se inauguró en civivox Pompelo un abarrote de 133 obras pictóricas al que ostentosamente se bautizó como Colección museográfica permanente Ciga. Pese a que Javier Ciga, pintor de esencias y verdades, es considerado como una figura clave en el arte contemporáneo de Navarra de la primera mitad del siglo XX, poco o nada de cariño se ha puesto en su creación.

Si hasta su apertura Pamplona y Navarra tenían una deuda con el artista, lamentablemente la deuda persiste. En una sala y un angosto pasillo se amontonan cuadros desde el suelo hasta el techo convirtiendo la exposición en algo bastante difícil de soportar. Asimismo, a la más que deficiente iluminación, se une la carencia de unas cartelas que ofrezcan al público informaciones tan poco importantes como puede ser el título de cada obra. Lo más probable es que no se hayan puesto porque la hacinación de óleos es tal que no hay espacio físico en las paredes para colocarlas, o porque un texto puesto a tres metros de altura resulta imposible de leer.

El recinto es, en realidad, algo muy parecido a una cueva en lugar de un sitio de contemplación. Quien gestionó la creación de la exhibición ignora que el arte necesita del silencio para hablar. Cuando el entorno es tan asfixiante, este enmudece y cuantas más piezas se exhiben, menos se ven. Los muros no respiran, cada centímetro está saturado, lo que lleva al espectador a no disfrutar y acabar con una desagradable sensación de fatiga visual, fruto de la densidad incomprensible de la muestra. Todo un ejercicio más cercano a la resistencia física, especialmente para el cuello, que al deleite estético. Se accede con la ilusión de contemplar unas obras dignas de ser admiradas, para acabar con una decepción total y con una incipiente y molesta tortícolis.

Pese a las más que evidentes incomodidades, me he acercado a la instalación varias veces, Ciga es uno de los mejores artistas navarros del siglo XX, destacando por su realismo y por sus extraordinarios retratos que nos acercan a las diversas identidades de nuestra comunidad. En la última visita, alguien que estaba a mi lado tuvo una gran idea: utilizar la quinta fachada. El techo de la estancia todavía permanece diáfano, es la única superficie desocupada, y se podría aprovechar para colgar unos cuantos cuadros más. Así, la actual despensa llena de cuadros apilados al tuntún, se transformaría en la Capilla Sixtina de Ciga.