Señora Ibarrola, usted afirma: “a los Gobiernos se les elige para cuatro años y hay mecanismos para adelantar elecciones o para hacer mociones de censura”. Efectivamente: lo primero no depende de la oposición, y lo segundo puede ejercerse cuando se considere oportuno. Así funciona un sistema parlamentario.
Conviene recordar que quien gobierna hoy en España se llama Pedro Sánchez, y que hace ocho años presentó una moción de censura contra un Gobierno presidido por un tal Mariano Rajoy, un presidente cuya formación política fue condenada por corrupción en sentencia firme. Aquel Gobierno cayó por hechos acreditados judicialmente. Hoy, si el señor Feijóo considera que existe causa política o judicial suficiente, puede presentar una moción de censura. El mecanismo está ahí. Lo que no puede es exigir que otros hagan lo que él no se atreve a intentar.
En aquel momento, pese a la contundencia de los hechos y a la gravedad de la sentencia, ni usted ni UPN mostraron especial incomodidad. Optaron por una neutralidad que, en la práctica, evitaba que trascendiera la cercanía política con un partido descrito por los tribunales como un auténtico “sistema de corrupción institucional”. Ocho años después, nada indica que ese partido haya modificado sustancialmente sus métodos.
Usted menciona también las supuestas joyas vinculadas al presidente Zapatero. La realidad es conocida: eran piezas pertenecientes a la madre de su esposa, usadas en vida y fotografiadas sin mayor misterio. Convertir eso en un escándalo es, como mínimo, una mezquina exageración deliberada.
Y luego está su afirmación más llamativa: que “acabar con el Gobierno de Pedro Sánchez es una obligación moral”. La pregunta es inevitable: ¿de qué moral habla usted? ¿De la moral que calló ante la corrupción probada del partido que hoy lidera la oposición? ¿De la moral que se indigna por unas joyas familiares pero guarda silencio ante décadas de financiación ilegal? ¿De la moral que exige responsabilidades a otros mientras evita asumir las propias?
La democracia se basa en hechos, no en hipérboles. En responsabilidades, no en eslóganes. Y en coherencia, no en moralinas selectivas.