Hay momentos que no necesitan explicación. Momentos que, simplemente, se sienten. En Pamplona, uno de ellos llega cada 7 de julio, cuando la procesión de San Fermín se detiene en la plaza del Consejo y el bullicio da paso a un silencio que eriza la piel. Entonces suena la jota.
Durante cinco décadas, la Coral Santiago ha puesto voz a ese instante. Una voz que no es solo la de quienes cantan, sino también la de quienes escuchan, la de quienes esperan, la de quienes se emocionan.
Este 2026 se cumplen 50 años de aquel primer 7 de julio en que la música y la letra de Joaquín Madurga comenzaron a tejer esta tradición. Medio siglo en el que, generación tras generación, la ciudad ha reconocido en esa jota algo profundamente suyo. Quizá porque en ella se condensa lo mejor de nuestras fiestas: emoción, respeto, encuentro. Quizá porque, como dice su letra: “San Fermín, en tu pañuelo, se anuda gente del mundo entero”. Una frase que resume lo que somos: una ciudad abierta, acogedora, capaz de compartir y de reconocerse en lo común.
En un tiempo en el que tantas cosas parecen separarnos, ese instante sigue recordándonos que hay algo que nos une. Una emoción compartida que no entiende de edades, ni de procedencias, ni de diferencias. Tal vez por eso, en un año tan especial como este, no está de más detenerse a pensar en esos gestos, en esos símbolos que, sin hacer ruido, forman parte de lo que somos como ciudad.
Y pocos símbolos hay tan claros como ese momento en el que Pamplona entera guarda silencio para, después, emocionarse al unísono.
Ojalá este año ese momentico pueda estar también en el balcón. Porque, en el fondo, es de todos y todas.