Tengo 55 años, dos licenciaturas, un doctorado, una oposición superada, infinidad de cursillos de formación y 25 años como docente en secundaria y bachillerato. Pese a ello y a mis esfuerzos denodados por hacerlo mejor, este junio he vuelto a suspender.
Año tras año, cuando asoma el calor, cuando llega el tiempo de las cerezas, y después de haber despedido a nuestros alumnos, ¡llega el momento de examinar al profesor! Algunos padres y madres se acercan al centro con infalible determinación a evaluarnos, sí. El examen que debemos superar no es tanto referente a lo que sabemos de nuestras respectivas materias, no lo es de nuestra práctica docente o de lo que preparamos para que nuestros alumnos aprendan, con mejor o peor fortuna. Eso es lo de menos. Debemos rendir cuentas de virtudes mucho más importantes: la empatía, la benevolencia, la capacidad de comprensión al alumno y sus circunstancias acuciantes: centros y universidades los esperan, les aguarda ese futuro vocacional que solo nuestra arbitraria decisión podría malograr.
La pretensión de algunas familias de conquistar un aprobado ficticio -en un extraño regateo- no solo significa una intromisión en nuestro quehacer que los demás no nos permitiríamos en casa ajena; no es solo un juicio sumarísimo e injusto de nuestra calidad, no ya como docentes, sino como personas; es sobre todo una devaluación sistemática de nuestra figura y de nuestro trabajo. Y a la larga, una quiebra en su misma base, que son los jóvenes, de la sociedad que deseamos crear. Madura, consciente, esforzada. Es decir, libre de deudas y prebendas.
Por eso creo que, llegado el tiempo de las cerezas, y como cada año, volveré a suspender. Igual que tantos de mis compañeros, ay…
Profesora de Lengua en el IES Plaza de la Cruz