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Cartas a la directora

El Salón de los Rechazados para los carteles de San Fermín

Fotos: La Cuadrilla, de Marta Garatea, cartel de San Fermín 2026Iñaki Porto

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Pamplona anuncia los diez carteles finalistas del concurso de San Fermín a poco más de un mes del inicio de las fiestas. Y todos los años se abre inevitablemente el mismo debate de por qué unos sí y otros no son los elegidos. Las redes sociales hierven, las conversaciones se multiplican en bares y oficinas y, durante unos días, media ciudad se convierte en jurado improvisado. Pero entre toda esa discusión hay una pregunta que apenas se plantea y que quizá merezca más atención: ¿Qué ocurre con el resto de las obras presentadas? Este año casi 400 carteles quedaron fuera. Algunos serían mediocres, otros fallidos y muchos simplemente distintos. Sin embargo, todos desaparecen de la vista pública en cuanto el jurado dicta sentencia.

Y es precisamente ahí donde el Ayuntamiento de Pamplona podría encontrar una oportunidad cultural extraordinaria. Podría organizar una exposición con los trabajos no seleccionados, una especie de “Salón de los Rechazados” sanferminero. La idea no es nueva en la historia del arte. De hecho, tiene uno de los precedentes más célebres del siglo XIX.

En el París de 1863, el prestigioso Salón oficial rechazó miles de obras que no encajaban en el gusto académico dominante en la época. La protesta de artistas y público fue tan intensa que Napoleón III autorizó una muestra paralela que llevó el nombre de “Salon des Refusés”, el Salón de los Rechazados. Lo que nació casi como una concesión menor terminó convirtiéndose en un acontecimiento histórico. Allí pudieron verse obras que el jurado oficial y academicista había despreciado por atrevidas, modernas o incomprensibles. Entre aquellos pintores rechazados estaban nombres que hoy forman parte de la historia universal del arte, como por ejemplo los que más tarde abrirían el camino del impresionismo.

El público acudió masivamente, por curiosidad principalmente, pero terminó descubriendo que fuera de los circuitos oficiales había innovación, frescura y talento. Con el tiempo, la ironía resultó evidente, y es que muchas de las obras rechazadas tuvieron mucha más trascendencia que las aceptadas por el Salón oficial. La academia defendía el canon y los rechazados estaban forjando el futuro.

Salvando todas las distancias históricas y artísticas, algo parecido podría ocurrir en Pamplona, incluso otorgando algún premio popular. Nadie pretende cuestionar el concurso oficial ni restar valor a los finalistas. Pero reducir la creatividad de cientos de participantes a diez únicos nombres parece empobrecer innecesariamente una convocatoria que precisamente destaca por su enorme participación. Una exposición paralela permitiría descubrir tendencias, estilos y miradas diferentes sobre las fiestas de San Fermín.

Sería también una forma de democratizar el acceso al arte y de reconocer el trabajo de tantos autores que dedican horas, ilusión y talento a una obra que desaparece en silencio tras el veredicto. Porque participar ya implica una voluntad artística y un compromiso con la fiesta que merecen cierta visibilidad.

Además, la propuesta encajaría perfectamente en una ciudad que aspira a reforzar su programación cultural más allá de los ocho días festivos. Una muestra de carteles rechazados podría atraer visitantes, generar debate y enriquecer la relación de Pamplona con su propio imaginario visual. Los Sanfermines no son solo encierros y música y van más allá de lo que plasma ese año su cartel, también son una construcción estética colectiva que cambia con cada generación.

Quizá incluso ocurriría algo inesperado, que muchos ciudadanos prefirieran algunos de esos carteles descartados al ganador oficial. Y eso no sería un fracaso del jurado, sino precisamente la demostración de que el arte no funciona como una ciencia exacta.

Los gustos cambian, las sensibilidades evolucionan y la creatividad rara vez cabe por completo dentro de un acta de puntuaciones. El “Salón de los Rechazados” de París acabó enseñando que el talento no siempre coincide con el criterio institucional del momento. Tal vez Pamplona podría aprender algo de aquella lección.