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Huesos del pasado

andan estos días los periódicos hablando de la estirpe de Tutankamón, y la antropología forense vuelve a ponerse de moda (aunque sigo pensando que la pareja de la científica Temperance Brennan y el policía Seeley Booth de la serie Bones funciona más por la química de las parejas de las series de TV que por los misterios que resuelven; porque ahora das una patada en el suelo y te salen cinco series de investigaciones forenses, desde el éxito de C.S.I.; eso sí, yo me quedo con el forense asesino tan encantador que es Dexter Morgan; cierro paréntesis televisivo). Decía lo de la antropología: en el curso de unos pocos días hemos sabido que Tutankamón murió de malaria, que su madre no fue Nefertiti sino posiblemente una hermana y que los custodios de las momias del Museo Británico andan como locos porque el boom mediático les llena las salas, que necesitan tanta paz. Pero además hemos sabido la enésima teoría sobre la enigmática Mona Lisa, que lo mismo era un autorretrato travestido del propio Leonardo (¡qué picarón!). Pura especulación, que es lo que mola, aunque ahora piden que se exhume el cadáver del genio para ver si la estructura craneal es compatible con la de la señorita. Mucho más apasionante, sin embargo, es el viaje al pasado que proponen desde bien cerca, lugares como la Cueva de Piloña (Asturias), donde los restos de humanos que vivieron hace 49.000 años, neandertales, están permitiendo recuperar su genoma. Eran una especie humana diferente de la nuestra, pero también estos días cuentan en el Insituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social que empuja el incombustible Eudald Carbonell que los neandertales sabían hace 55.000 años, como hicieron en el Abric Romaní de Capellades (Barcelona), ordenar el espacio de vivienda, que tenían dormitorios e incluso que se llevaban algo de comida para esos ratos de ocio. Los huesos nos lo están contando casi todo. Pero algunos, más recientes, no tienen ni juez ni forense que se atreva a recogerlos y dejar descansar a sus familias al menos con la dignidad que se les negó en un asesinato cobarde. Y al que osa, lejos de garzonearle, lo empapelan.