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Mari Jose

HAY muchas Mari Joses por el mundo, pero sólo una Goyache. Ella ha estado al frente del Taller de Teatro de los Institutos Plaza de la Cruz desde sus inicios, hace ahora 31 años, cuando todavía eran el Ximénez de Rada de los chicos y el Príncipe de Viana de las chicas.

El montaje de este curso, Bodas de sangre, ha sido el último que ha dirigido.

Es difícil calcular cuántos alumnos y alumnas hemos pasado por el taller. Cerca de quinientos, seguramente. Tres décadas largas en las que esta profesora de literatura, amante del teatro como pocos, ha invertido un caudal inmenso de tiempo y energía para convertir ramilletes de adolescentes en actores y técnicos por unos meses y, más o menos, fieles aficionados al teatro para toda la vida.

Ha luchado a brazo partido contra el reloj, las hormonas desatadas, el acné seborraico, los cambios de humor, el mal de amores, y también con los decorados que se estropean diez minutos antes de la función, los dobladillos que se descosen en el estreno... Y con las gripes, los exámenes puestos a traición, los findes de esquí que empiezan el viernes, los castigos de los padres por las malas notas?

Mari Jose nos ha enseñado a entender los textos teatrales y lo que no estaba escrito en el papel, nos ha organizado, nos ha corregido, nos ha reñido y nos ha dado unos enormes abrazos de oso al final de cada representación. A lo largo de la vida todo fluye y todo cambia, pero en la adolescencia esto ocurre a una velocidad desorbitada, por eso es una suerte que te toque una profesora como Mari Jose Goyache.

Es una mujer que siempre ha estado ahí y siempre ha estado bien. Alguien que empezó para muchos de nosotros siendo una profesora y se transformó en una amiga, más mayor y muy sabia, pero una amiga con la que hemos continuado trabajando en mil proyectos.

Ojalá algún profesor tome su relevo en la dirección del taller, y tú, Mari Jose, disfruta de tu tiempo. Un abrazo y un beso enorme. (Me debes un café).