Está claro que el Monumento a los Caídos es fuente inagotable de conflictos. A la enquistada polémica de derribo o resignificación, se une ahora la disputa entre los dos finalistas del concurso para su remodelación. Uno de ellos acusa al otro de plagio y de haberle copiado ideas que utilizó en el proyecto de Cuelgamuros.

Pero esto no es nuevo. La bronca y el enfrentamiento han sido una constante en la historia de este edificio. Este miércoles tuve la oportunidad de participar en una visita organizada por el Ateneo Navarro y guiada en euskera por Javier Mangado, gran divulgador de la historia pamplonesa, que explicó maravillosamente cómo los Caídos ha sido siempre una patata caliente y cara.

Los arquitectos que lo diseñaron, José Yárnoz y Víctor Eusa, mantenían ideas muy dispares. El primero quería algo sobrio y el segundo algo mucho más teatral. El ayuntamiento cedió el terreno de mala gana, consciente del gasto y de la pérdida de dinero que suponía no poder hacer todas las viviendas que tenía previstas para la zona. Al final se levantaron en altura los edificios cercanos, menguando la monumentalidad del conjunto. Las obras duraron 10 años, de 1944 a 1954, y lo que estaba presupuestado en 4 millones de pesetas se fue a 8.

El que es el segundo monumento de exaltación franquista más grande de todo el país con su inmensa cúpula, fue desde el principio un mamotreto carísimo de mantener del que no se querían hacer cargo ni la Diputación, ni el Ayuntamiento, ni el Arzobispado.

Edificio feo, triste y lúgubre que nos recuerda que hubo y sigue habiendo una parte de nuestra sociedad que sólo rinde homenaje al bando franquista. Va a ser complicada la resignificación.