La Federación Maltesa de Fútbol publica una revista en la que habla, llena de orgullo y satisfacción, de su equipo nacional. Es la crónica de un eterno gatillazo. En ella entrevistan a un ariete que una noche marcó un gol, informan sobre una peña de hinchas patriotas y alaban las instalaciones deportivas. Se incluyen bellas fotografías y arengas de un político local. Claro que si usted se fija en la letra pequeña, en los resultados, enseguida se percata de que Malta, salvo unos pocos, ha perdido todos los partidos en más de medio siglo. Bajo el aire triunfal dormita un desastre inapelable. Tras la serpentina del entusiasmo permanece la verdad de un fracaso absoluto.

En días como hoy, y en semanas como ésta, ocurre lo mismo con ETA, que nació a la vez que la selección isleña. Abundan palabras con pedigrí como proceso, bloqueo, interlocución y pueblo. Nos muestran a observadores y apoyos suprafronterizos de renombre. Y agentes sociales, y voces conocidas, y la manifa de Bilbao como una metáfora o espoleta de algo. Y si se rasca la realidad, y si se quita uno las anteojeras, todo ello no es sino el pomposo escenario de una obra tan fallida como paradójica. Pues, por una parte, es innegable que ETA ha sido goleada en el campo y, por otra, que algunos de sus afines están ahora en el palco, en el sistema. ¿Nunca les van a pedir cuentas?

Yo rechazo la dispersión. Y defiendo la excarcelación de los presos enfermos terminales, sean cuales sean sus crímenes. Pero recuerdo que, de igual modo que por ley muchos deberían estar cerca de casa o fuera de prisión, otros muchos no deberían salir hasta dentro de tres décadas. Así que más vale dirigirse al enemigo, y a la sociedad, sin engañar ni engañarnos. Si mañana están todos en la calle no será por un acto de justicia ni por la debilidad del Estado, sino por su fortaleza para ser compasivo, resolutivo, amnésico, estratega o generoso cuando lo estime conveniente. Es lo que tiene una victoria.