Mientras su generación deja currículums por ahí con la cabeza baja y la titulación rebajada, leo que Leire Pajín anda en la Organización Panamericana de Salud, donde cobra 150.000 euros anuales además de 5.000 euros mensuales que le corresponden como ex ministra. Y uno se pregunta: ¿Era la más apta para estar un Gobierno?, ¿cumplió bien su labor?, ¿sería hoy rica sin los contactos de su etapa en el poder? Y ahora ¿es la adecuada para el puesto que ocupa?, ¿seguirá hasta la jubilación de dieta en dieta? Vaya un inciso: aunque con dieta me refiero al dinero extra, ya da miedo esa palabra con tanto censor suelto. No, no hablaba del físico de nadie.

Aplíquese el chollo a infinitos nombres de altura y sus palmeros, recolocados en compañías privatizadas, enchufados en empresas semipúblicas, empotrados en fundaciones institucionales, reconvertidos en consejeros y asesores, favorecidos en el reparto de conferencias, viajes y prebendas a cuenta del erario común…y todo perfectamente legal. Con razón Borges odiaba los adverbios acabados en mente. Y es que la peor enfermedad política no es la corrupción, y miente ese espejismo optimista según el cual España sería el paraíso sin tanto mangante. Lo que de veras pudre no es el delito sino el chanchullo, no es la quiebra de la ley sino la ley misma tal como está montada. Pues más que el robo perseguido abunda el aceptado.

Y así ocurre que lo legal a menudo no es justo, y que la injusticia se disfraza de legalidad. Una cosa es que sea perfectamente legal la versión de Angie que perpetró Melendi, y otra muy distinta que la alcaldesa de la capital del país sea la mujer del ex presidente. Por ejemplo. La casta dirigente se beneficia de esa confusión entre lo malo y lo prohibido, lo bueno y lo permitido, que nunca son lo mismo. Lo grave no es que se estafe, es que se hace con la ley en la mano. De modo que cualquier chorizo queda libre de muchos cargos, y siempre del más privado: el de conciencia.