creo que fue Max Aub quien sentenció que uno es de donde ha hecho el Bachillerato. Según tan hermosa definición identitaria, 68 de los 245 asesores de Mariano Rajoy entrarían en la no menos bella calificación de apátridas, pues carecen hasta del graduado escolar. Si así está el ático presidencial, será mejor no preguntar cómo andan de currículos en los sótanos provinciales, donde el personal de confianza a menudo sólo tiene la carrera de cuñado o amante. La patria, para Ángel Pavlovsky, es donde está la cama.
Me acordaba yo de esto porque la última muñeca chochona de los feriantes gubernativos, ahora que nadie les compra nada, es que para levantar el país se necesita más patriotismo. Quiero aclarar que rechazo esa melonada de que el patriotismo es el refugio del canalla. En primer lugar, su autor, el doctor Johnson, fue todo un xenófobo; en segundo, muchos de los que blasonan de cosmopolitismo -ellos, los ciudadanos del mundo- en realidad son los peores nacionalistas, ya que obran sin consciencia de serlo; y, en fin, conozco patriotas cuyo apego al terruño es beneficioso para la sociedad, pues la enriquecen con su mecenazgo, trabajo o mero ejemplo. Otros, claro, dan miedo.
Dicho lo cual, es verdad que cuando las cosas pintan feas hay quien, en vez de izar la bandera blanca y retirarse con humildad, prefiere airear la propia a modo de somnífero o viagra colectivo, lo que toque. Hace falta más amor por España, más confianza en la marca España, aconsejan quienes han dejado a España escuálida. Y al oírlo dudamos si huir a la patria de Andreu Buenafuente, que es la risa. O a la de Roberto Bolaño, que era la biblioteca. O a la de Lluis Llach, que son los amigos. Cualquiera sirve antes de ponerse a cantar tanto himno exculpatorio y buscar la paz social en el chovinismo. Póngase una bufanda rojigualda y pruebe frente al espejo: "¡Yo soy español, español, español!". Ya verá qué pronto desaparecen la corrupción, el paro y su hipoteca. Seguro.