Me gusta mucho The Wire, y quizás legal pinchar teléfonos, grabar en restaurantes, abrir la correspondencia y desvelar el correo electrónico del prójimo. Aun así me aterroriza la sumisión o, peor, la alegría con la que estamos aprobando tal cantidad de espionaje, venga de cloacas políticas o mediáticas, a menudo piratas mellizos. Invita al exilio un país en el que el peor fiscal es quien nos ha mangado la contraseña del móvil o besado anteayer. Con la excusa del bien común y la limpieza del paisaje se ha impuesto el imperio del desorden. Todo vale.

Seguramente se acordarán del corrupto y corruptor peruano Montesinos, aquel fontanero gubernamental aficionado al vídeo. Por desgracia aquí ahora lo puede ser cualquiera. El juez llega al lugar del crimen y, en vez de policías, se encuentra a cazadores de recompensas, amantes resentidos, gargantas profundas y telepredicadores multidisciplinares. Siendo grave la impunidad con la que se estafa, no es menor esa otra con la que se dice perseguir el delito. No inventamos la ley para vivir huyendo de cámaras y micrófonos ocultos. España resulta muy débil dirigida por rompetechos o supermanes, y muy peligrosa si su salud depende de mortadelos, anacletos, tribuletes, carpantas y torrentes.

Acojona un Estado, y un estado de las cosas, en el que según quién sea la víctima se aplaude un fisgoneo que no respeta ninguna intimidad. Leí en El Mundo que un sujeto imputado gasta un pollón vidaleño, dato sin duda clave para la investigación de la Agencia Tributaria. Habrá que medírsela en la Audiencia, a él y a Peñafiel. Antes de descubrir cuánto roban un duque, una tonadillera, el hijo de alguien o una ministra, ya sabemos con quién follan. Lo han conseguido: el chisme como mecha de escarnio, derribo o distracción. En esta tomatina de rencores y sospecha colectiva se confunden sumario y anecdotario. En fin, que uno oye 22 y casi piensa no en millones sino en centímetros. Le llaman democracia a Sálvame.