Cuando desperté Paloma Gómez Borrero todavía estaba allí. Esta semana, con ocasión de la despedida papal, he oído que los católicos son mil millones, que somos dos mil -habrá que hacer bulto- y que el cristianismo es la fe de la mitad de la humanidad, según fuera el trastorno místico del informante. Alguno se venía arriba al estilo de los locutores deportivos. Si se permite la comparación, esta borrachera matemática recuerda a la de los hagiógrafos de Janis Joplin y Reinaldo Arenas, a los que un día adjudican dos mil amantes y una noche cuatro mil. Pipi Estrada presume de tres mil.
En asuntos celestiales las cifras sobran, dirá alguno, dios es algo intangible e incontable. No, no sobran. Pues a menudo la falseada contabilidad terrenal resulta determinante para impulsar campañas ideológicas, ejercer presión o blindar privilegios. Siempre que el poder político propone leyes que incomodan al religioso, éste no se conforma con esgrimir teologías y las engorda con estadísticas de rara procedencia. Puesto que en un Estado laico no consta si somos cristianos, ateos o fieles de la Iglesia de Maradona, uno se pregunta dónde nacen esos números que se estiran como melena de japonesa cuando ésta usa las planchas. Qué tiempos?
A mí no me importa si el prójimo reza mirando al cura o a la Meca, y respeto el misterio de esa opción mientras se mantenga en privado. Claro que si alguien trata de convertirla en fuerza pública e influyente, lo suyo es pedir rigor científico o al menos datos reales de afiliación. No discutiré, porque no me incumbe, la multiplicación de panes y peces, pero supongo que sin necesidad de ser anticlerical se puede rechazar la milagrosa suma de católicos, apostólicos y, sobre todo, ahora romanos. Lo que hoy parece una exageración ambiental sin importancia, mañana quizás sea munición contra cualquier decreto gubernativo. Ya lo saben: somos mil millones, o dos mil, o la mitad de la humanidad. Cuidado con tocarnos.