Lo aconsejó Jardiel Poncela: "Di la verdad en una reunión y verás cómo se ríen". A menudo la clave del chiste, el intríngulis de la comicidad está ahí. Ni el mejor Faemino supera a ese político o banquera que sostiene que cobrar un millón de pesetas por asistir a dos brevísimas sesiones una mañana es legal. Nada como la verdad para encender la carcajada, y donde la verdad carece de mugas sobra la ficción. Lo escribí aquí hace tiempo: el problema no es el delito sino la legalidad, pues sin saltarse el semáforo uno puede repetir mil veces el gol de Maradona. Luego cabe aclarar que dios lo quiere, al modo cruzado, o que el juez lo permite, en plan burócrata.
Dado que esto va así, yo no pongo en duda la palabra de Sanz y Barcina: quizás se han limitado a respetar la ley, o sería más preciso afirmar que se han aferrado a ella. ¡Cómo no hacerlo siendo tan generosa! Sin embargo ambos olvidan que su labor no es adorar el Derecho ni momificar la Constitución. Si así fuera podríamos tirar el parlamento y dejarnos guiar por dos policías y un notario. El diputado es elegido para favorecer a la sociedad, para eliminar tropelías, y por eso las normas se van cambiando para adecuarlas a las necesidades de la gente.
Cuentan que un cargo público puede pillar en una hora el salario mínimo de todo un año de forma legal. Lo que urge saber es si a un presidente y presidenta eso les parece razonable. Si así lo estiman, no merecen el puesto debido a su ignorancia del país que gobiernan e inaptitud para entenderlo. Y si encuentran extraño tal dispendio, si acaso por empatía consideran raras esas dietas milagrosas para engordar, tampoco son dignos de la poltrona. Porque entonces han abandonado su misión, que no es la de blindar un sistema injusto, sino la de corregirlo. Bismark sentenció que resulta preferible ignorar cómo se fabrican las salchichas y las leyes. Al menos aprendamos cómo se hace un buen chorizo. Como debe ser, con los papeles en regla.