Por ahí, por el mundo, pongamos en Torrevieja, a un pícaro lo pillan en la cama con el albañil y suelta lo obvio: no es lo que parece. El hecho diferencial aquí es que el adúltero mientras se viste gasta el comodín del topónimo: esto es una trampa urdida en Santa Pola. Así se ha lucido Yolanda Barcina, de la que ya ignoramos si es jefa de obra, presidenta de reyno, líder de partido o sólo de un clan. Que sí, que igual está feo lo de las dietas, pero ella es un dique de contención frente al nacionalismo vasco. O sea, la culpa es de Benidorm. Le ha faltado añadir que la señalan por ser mujer y que los de fuera no nos entienden. Habrá que doctorarse.
Su actitud irresponsable es el fuelle de una doble xenofobia. Por un lado, con esa eterna amenaza de que vienen los vascos se alienta la idea de que los problemas locales, o muchos de ellos, se cuelan siempre por Occidente. Sea un conflicto laboral o institucional, casi todo tiene su origen en unos euskadianos que desde que se levantan hasta que se acuestan sueñan con cargarse la industria del automóvil, el espíritu de los sanfermines y la variedad dialectal navarra. Y, claro, se puede zumbar al Athletic, pero él no es el responsable de que la hora de reunión bancaria se cobre a 6.000 euros.
Sin embargo hay algo más grave. Y es que, por otro lado, se niega el derecho de crítica a miles de navarros que no vienen de ningún sitio. Tiene peligro un mandatario que debiendo representar a todo un pueblo se disfraza de muralla frente al menos un tercio de sus paisanos. El argelino Yassir Benmiloud, autor de Alá Superstar y exiliado en Francia, denomina intranjero al que se siente extranjero en su propio país, "pero no me digas si el país de marras es Argelia o Francia". Es doloroso ese sentimiento de marginación, y lo es más cuando lo potencia tu gobierno con tus impuestos. En fin, que casi nos olvidamos del albañil y las dietas. Así funciona el negocio: por la patria hacia la amnesia.