ya lo han oído: "Todas las víctimas de ETA tienen un origen político y por eso son todas evitables". Ostras Pedrín. Para empezar, alguien nos deberá aclarar la secreta relación entre la liberación nacional vasca y el asesinato de supuestos camellos, constructores de autovías, delegados de Telefónica, munipas y en ese plan. Pues de igual forma podían haber disparado a expendedores de garrafón, trabajadores del Metro, directivos de Iberia y guardias forestales. Si asesinar a un cocinero de la Comandancia es un acto político, también lo será ametrallar a una limpiadora y a un mozo de mantenimiento. ¿Cuál es la diferencia?

Un sanedrín de salvapatrias responde y la tribu asiente: muerte política es toda aquella que ellos juzgan, y ejecutan, muerte política. Fútbol es fútbol y la lucha admite cualquier tautología. Con imaginación y fanatismo, tantas veces hermanos, es sencillo escribir un comunicado en el que se justifica acribillar a un deportista por jugar con la selección española, por ejemplo. Y con ceguera y sumisión cabe considerar el "suceso" una consecuencia del conflicto que padece Euskal Herria, blablablá...

Pero hay más. Vale, de acuerdo: hay asesinatos de índole política, y es absurdo encerrar a alguien por afirmarlo. El problema es que con el uso y abuso del término política se trata de blanquear el crimen, como si la motivación ideológica del criminal fuera un eximente. Causas políticas las hay en todas partes, y eso no obliga al prójimo a cargarse a concejales. De modo que alguien nos tendrá que explicar también por qué aquí gozamos del raro privilegio de tener que resolver lo nuestro a tiros; y por qué a partir de un momento decidido, cómo no, por el sanedrín, lo nuestro ya se puede encauzar hablando. En fin: un marido apuñala a la mujer y al electricista que pasaba por allí. A ver cómo nos sienta cuando diga que lo hizo por amor. O por religión. O por honor. ¿El chispas? Un año colateral. Así mal vamos exigiendo generosidad.