Una gran amiga, la More, está de dependienta en una de esas multinacionales omnipresentes en grandes avenidas y centros comerciales. No, no es Zara. Tiene un contrato de 14 horas semanales repartidas, y retorcidas, de tal forma que trabaja casi todos los días. Son tres horas por la mañana, o dos por la tarde, o una tras abrir y dos antes de cerrar. Nada fijo. Tras dos meses de prueba, arte y ensayo, con suerte quizás le ofrezcan una prórroga de medio año. A veces la llaman mientras se está maquillando y le mandan que no vaya porque llueve y hay pocos clientes. He ahí la verdadera importancia del mapa del tiempo.

Entra y sale siempre agachada. Hay un sensor de personas en la puerta y a cada empleada se le exige un mínimo de ventas en relación a la cantidad de visitantes. El acceso de animales en teoría está prohibido. De modo que la More, sus compañeras, familiares, colegas, proveedores y yo mismo, allí nos inclinamos sin falta, no nos vaya a detectar la cámara y numerar como posibles clientes. Ese imperio textil tiene dos mil tiendas y un código ético. Zimbabue tiene una constitución.

La More es dependienta y depende del diario capricho ajeno. Tiene que aceptar eso de montar su sección de noche y que esa hora extra, un tercio de su amputada jornada, no se le pague. Y trabajar de pronto los domingos. Y aguantar una lucha cainita en la plantilla por ver quién factura más. Y escrutar el cielo como una horticultora para organizarse hoy, y como un druida para adivinar el mañana Y no apuntarse a cursos de nada ni hacer planes con nadie debido a que en vez de un horario sufre un misterio. Y no saber aún si le renovarán el contrato, con lo que sus sueños mueren en invierno. La More, mi gran amiga, dicen que vive por encima de sus posibilidades, algo lógico cuando se las han clavado al suelo. En realidad vive bajo el umbral que marca un contador de seres humanos. Del sueldo no hablamos. Es secreto de mujeres. Y vivir, por cierto, es más que existir.