el pasado domingo Elisa salió a pasear y no volvió. Tenía 46 años y dos hijos adolescentes. Su marido asistía a un funeral y un asesino le encargó otro entierro. Fue apuñalada tres veces y violada una, dicen. El cadáver ensangrentado y semidesnudo apareció cerca de su casa, en el municipio gallego de Cabanas. Según el Talmud, el mundo depende de escribir o no una sola letra. España, a veces, también parece depender de su última consonante.

Y es que la noticia ha soliviantado a muchos sectarios ociosos, los cuales han centrado su denuncia en el hecho de que al pueblo se le debe llamar Cabañas, no Cabanas, y que sobra ya tanto complejo con el castellano. No despreciaré yo la valía de este idioma, y menos la exótica belleza de su risueña eñe llevando como llevo este apellido. Tampoco niego la necesidad de un debate sereno sobre la toponimia. Pero sólo un ser humano nada humano es capaz de acordarse del alfabeto, o sea de la patria, ante una mujer asesinada y madre violada.

Sabíamos que es difícil vivir, y convivir, en un país donde el fanatismo ideológico no respeta ni la memoria de los mal enterrados. Resulta agotador ejercer de individuo allá donde la variada bandería alienta los rebaños y éstos no dejan redil sin ocupar. Basta leer los comentarios que suscita cualquier información cultural, deportiva y hasta gastronómica para constatar que aquí no hay verso sin himno, gol sin fronteras ni albóndiga sin denominación de origen.

Aun así uno creía en la existencia de ciertas zonas libres de impuestos cainitas, una suerte de búnkeres íntimos -el del dolor, el del amor- donde a la fobia partidista se le prohibiera el acceso. Va a ser que no, y peor para todos. Pues discutir hoy si lo de Elisa sucedió en Cabanas o Cabañas es discutir ayer si lo de Nagore ocurrió en Pamplona o en Iruñea. Aunque quizás los muy politizados requieran un ejemplo de su campo para comprender el alcance de la aberración: lo de Buesa, ¿fue en Vitoria o en Gasteiz?