Cuentan que Froilán, el hijo de Elena y Jaime de Marichalar, ha salido revoltoso. El de la patada en la boda, el del tiro en el pie, el del pincho moruno y el de otros sucesos que nos han ocultado, ha vuelto a suspender Segundo de la ESO, revés que lo llevará a la denominada Diversificación. Dado que hoy la jerga académica nubla más que ilumina, y ha de ser pulcra e indolora, resumiremos así la noticia: Su Excelencia, Grande de España y Caballero Divisero Hijodalgo del Ilustre Solar de Tejada, no progresa adecuadamente.
Hay quien explica el fracaso tirando de sociología - ay, esa familia desestructurada- y hasta de genética: he ahí un borbón. Y ciertamente el chaval va cogiendo un aire de Paquirrín austrohúngaro. Yo en cambio trato de ver a un travieso quinceañero y me incomoda ese cruel juego de elucubraciones con retrovisor. Alfred Hitchcock odiaba las películas con niños y yo el tiro al plato con ellos. Lástima que también vea, porque así me obligan, a un futuro príncipe o monarca -toca llamar a Peñafiel-, de modo que no será descortés preguntar por las secuelas políticas de tanto suspenso.
Y es que el hecho carecería de trascendencia pública si Froilán fuera Iker o Ane. Millones de adolescentes son malos estudiantes y en privado cumplen a la perfección el mandato borgiano, aquello de ser felices en este valle de lágrimas. La mayoría incluso aprueba con notable la asignatura más hermosa y necesaria, la de hacer felices a los demás. El problema de padecer una monarquía es que el currículum de sus miembros no sólo incumbe a su clan. Siendo como somos súbditos y a falta de una real meritocracia las cosas de palacio por desgracia nos afectan. Sirva al menos el caso para relanzar la alicaída Marca España, que si en verdad es símbolo del buen hacer ya ha encontrado un noble abanderado: ese claustro de profesores que entre la deontología profesional y la sumisión a la Corona ha optado por lo más justo. Por lo único justo.