Supongamos que usted comete la maldad o heroicidad - hay gente para todo - de entrar en una banda que amenaza, extorsiona, secuestra y asesina con el fin de, por ejemplo, integrar Galicia en Portugal. Entonces mata a veinticuatro personas, entre ellas una que pasaba haciendo footing. E imaginemos que por eso es condenado a 3.828 años de cárcel. Además usted debe, en concepto de indemnización a tantas viudas y huérfanos, diecinueve millones de euros, monto que tendremos que pagar a escote.
Si cumpliera su pena íntegramente, la expresión toda una vida entre rejas quedaría sin valor, pues ni cuarenta existencias le serían suficientes. De modo que tras veintiséis años pisa la calle. Aún no estamos en 5.815, así que muchos consideran injusta su liberación. Sostienen que estar encerrado desde 1987 es castigo leve, como si Derribos Arias fuera la chica de ayer. Otros piensan que usted es digno de elogio y homenaje. Y tanto unos como otros, cada cual con su ética propia, incluso afirman que su apuesta ha merecido la pena, cuando lo único científicamente indiscutible es que ha sido un fracaso absoluto. Ha dejado numerosas familias destrozadas, veinticuatro tumbas, veintiséis años en prisión, una deuda de diecinueve millones de euros y el objetivo intacto.
Podrá engañarse, es comprensible y consuela. Y algún camarada ideológico tratará de cambiarle el espejo; se estila la épica en cuerpo ajeno. También podrán cargarse al mensajero, pero costará más eliminar al contable, ese que con frialdad de forense pregunte por los resultados. Y es que nadie parece recordar que en el origen de esta "historia triste, historia histórica" sólo nos quedaba Portugal. Y ya ve: Galicia sigue exactamente donde estaba hace tres décadas. En el deporte se le llama derrota sin paliativos, y provoca la fulminante destitución del entrenador. Fulminante, ya que estamos, en sentido figurado, claro. Cuánto peón en la celda, cuánto estratega en la sombra. Y en la sidrería.