Como cualquier paisano sabe, el célebre cantautor Dominika Etxart murió el año pasado en el hospital de Oloron. No hay duda de que todos hemos estado en Altzürükü, su aldea natal. Al tener noticia de la pérdida, la entonces Consejera de Cultura del Gobierno Vasco, Blanca Urgell, se apuntó al plañido digamos general y tuiteó así su lamento: "Ha muerto la cantante suletina Dominika Etxart. Seguro que la conocéis". Asustada por el pitorreo de genero suponemos colectivo, pronto rectificó: "Es el cantante suletino". Cuesta creer que se despistara y quizás no supiera quién era el fallecido. No pasa nada: la mayoría del pueblo seguro que tampoco la ni lo conocía.
Ya he hablado alguna vez de la indiscutida ficción en la que chapoteamos. No es un fenómeno propio ni nuevo, pues sucede en la construcción de toda identidad nacional. Se plantan focos alógenos con el fin de deslumbrar al inocente y ocultar la termita de las vigas maestras. Lo raro aquí es que, por complejo o por temor, el vecindario ajeno a la tramoya y el adversario ideológico a menudo colaboran en la farsa. En Euskadi eso viene siendo habitual desde que a un político se le ocurrió que tras citar a Blas de Otero debía acordase de Gabriel Aresti, no fuera a ser tachado de foráneo. Se alimenta esa impostada paridad y se acaba bailando el Agur Jaunak.
Acaso lo sensato sería aceptar que el país es lo que es, un sitio en el que sólo una minoría es vascoparlante y una minúscula minoría admiraba a Dominika Etxart. Estos son los cimientos culturales del edificio y hasta la más bella utopía necesita un techo de realidad. De lo contrario estamos abocados a formar una comunidad virtual o algo peor: una sociedad donde para ser vasco haya que ser vasquista. Eso conlleva sufrir la inflamación de uno mismo o arrastrar un disfraz asfixiante. Qué feo es ese pene de plástico de las despedidas. Al hombre le sobra la reiteración, y a la mujer le queda ridículo. No sé si me explico.