la receta es muy sencilla. Coge usted un revuelto de siglas, unas cifras ambiguas, unas dosis de dolor, un manojo de incultura, un racimo de prejuicios, y se saca del tricornio una alarma aberrante. Si a eso le añade un maremoto de malaleche y ganas de espolvorear infamias llegará al titular del principal diario digital de la derecha: "El 27% de los profesores navarros es proetarra". Eso es meterla hasta el fondo. Otros se han conformado con rebajar el porcentaje, o han limitado la calumnia al sector público, o han reducido el dardo a la enseñanza vascófona o, en fin, se han satisfecho con gozar de la orgía aportando solo la puntita. La cosa era no quedarse fuera.
Lo peor, sin embargo, no es la contabilidad engañosa de un grupo policial, que confunde el derecho a participar en política o visitar a un primo preso con el deseo de adoctrinar niños para la causa. Ni la obsesión manipuladora de ciertos medios, que con una mano alaban la pluralidad lingüística del país y con la otra no pierden ocasión de enfangarla. Ni la falta de respuesta intelectual, y hasta científica, del llamado mundo de la cultura en España, para el que un injustísimo ataque contra la cuarta parte de todo un colectivo educativo no merece glosa. No, lo peor es que alguien de casa, el diputado de UPN Carlos Salvador, se encargue de publicitar la ruindad y haga bolos lamentando que "la serpiente trabaje sinuosamente" en las escuelas de la comunidad que gobierna.
Ese político sabe, y si lo ignora que devuelva el sueldo, que ni una cuarta ni una décima parte de los maestros navarros, sean del modelo que sean, "ha pervertido su finalidad para justificar los crímenes de ETA". Y aun así lo ha afirmado, propagado y denunciado allí donde debería haberlo desmentido. Cuando se haga el famoso relato de nuestra triste historia esperemos que, tras poner a los malos en su sitio, alguien recuerde la maldad de algunos buenos. Tanto citar a Camus y no han pasado de Pemán.