El Gobierno ha confirmado que quiere evitar como sea el paseíllo de la infanta Cristina. Se llama así al trecho que cualquier paisano, o vasallo, debe recorrer a pie para alcanzar la puerta del juzgado. Si se llega en coche no son demasiados metros, pero sí los suficientes para que las cámaras popularicen la cara del acusado y la gente tenga ocasión de lanzarle palabrotas. Alberto Ruíz-Gallardón dice que se deben rechazar las penas paralelas. Alfonso Alonso añade que sobra el espectáculo judicial. Y Esperanza Aguirre remata la ola monárquica asegurando que la ley no impone el castigo del paseíllo. Por tanto, le parece estupendo que la sangre azul entre a la Audiencia por el garaje. Enternece ahora tanto remilgo. Y es que el denominado paseíllo, en sus variadas formas, es una españolísima costumbre que todo Gobierno y sus mariachis han abonado desde que el mundo es mundo. Por estos pagos ha existido, y aún un existe, un tenebroso paseíllo previo a cualquier juicio formal por el que han tenido que pasar muchísimas personas acusadas de delitos relacionados con el terrorismo. Se han dado a conocer nombres y direcciones, se han hecho públicos datos muy íntimos, se han mostrado rostros en las portadas. Ha existido, y aún existe, un laberíntico paseíllo al que usted puede ser empujado por aquello del conflicto y cuya mancha de infamia durará eternamente. ¿Acaso no es un perfecto paseíllo, un rabioso linchamiento, lo que han sufrido esos profesores navarros escupidos desde ambos lados de la calle, derecha e izquierda, e incluso desde el palco de autoridades? ¡Etarra! ¡Adoctrinador! ¡Ornitorrinco! Es ya muy larga la lista de gremios injuriados por el camino sin que ningún juez encontrara luego motivo de condena: periodistas, cocineros, insumisos, ecologistas, obispos, abogados, futbolistas, escritores, taberneros, peñistas, músicos, cooperativistas...A la espera de la sentencia, no resulta tan grave sumar el lustre de una infanta.