Según datos del CIS, los motivos de preocupación de la gente en España son, por este orden, el paro, la corrupción y el fraude, la situación económica, la clase política, la sanidad, la conflictividad social, la Educación, los recortes... y en ese plan. De hacer caso a la encuesta, el terrorismo no es el principal problema para nadie, y solo un 0,5% de la población lo considera el segundo. Por eso choca el empeño de varios partidos por colocar, u obscenamente fichar, a unas víctimas de ETA que salvo excepciones no poseen ni el currículum académico ni la experiencia laboral necesarias para arreglar el país, lo que de veras asfixia a sus ciudadanos.

Sin duda es importante que alguien recuerde al mundo lo que aquí hemos padecido, y siempre será más impactante el horror narrado por sus protagonistas. Pero cuando unos políticos se enorgullecen sobre todo de contar en su equipo con José Antonio Ortega Lara, y cuando otros lamentan especialmente haber perdido a ese militante, supongo que cabe preguntar sin ofender a nadie cuál ha sido la aportación real del funcionario secuestrado al debate ideológico o la gestión pública.

El burgalés fue un extraordinario ejemplo de resistencia por aguantar vivo y cuerdo en un zulo espantoso; y luego un modelo de contención cívica por haber salido de allí sin clamar venganza ni pedir la pena de muerte para sus verdugos. Nada menos, si, pero nada más también. Ignoro qué relación guarda su tormento con el fin del descenso salarial, la angustia de los autónomos y el desempleo juvenil. Con símbolos no se come. Con los de tela y escudo no, por supuesto, que somos progresistas. Pero con los de carne y hueso tampoco.