nunca olvidaré las palabras con las que un paisano abrió fuego -es un decir- en un popular debate, hace años: "Yo, que estoy fuera del sistema,...". Ya entonces era un habitual contertulio en los medios públicos, radio y televisión, tanto en euskara como en castellano. También era profesor de la universidad y colaborador en varias publicaciones que, con justicia, subvencionan las instituciones locales. Por si eso fuera poco, se le conocía por su militancia política, que lo ha llevado a ocupar escaño en parlamentos, diputaciones y otros foros del poder.

Nada hay que objetar a ello: fuera por los votos de sus vecinos, su destreza dialéctica o su labor académica, ninguna de las tribunas le ha sido regalada. Lo que chirría es aquella orgullosa confesión de marginalidad que de ningún modo se ajustaba a su vida ni a su nómina. Era el signo de una época, y de un país, en el que aun gozando de una existencia pletórica de chuletones mucha gente blasonaba de tripa vacía. Ahora hay estómagos cerca que sí aúllan, así que la obscenidad de disfrazarse de Carpanta resulta más ofensiva.

Un gran cineasta ha lamentado, tras hacerse con mil Goyas, que se acabó "eso tan bonito de ser perdedor, con lo cómodo que es". El hombre suele ser sensato, así que su queja tal vez sea fruto de la resaca. Sin embargo también desnuda el sentimiento de cierta progresía muy bien situada, ese complejo Real Madrid: qué mal nos va, solo somos segundos. Todo lo admirable que tiene apoyar al débil se estropea cuando uno cree y hasta parece querer serlo. Si se rebelaran el Murcia o el Huelva, y tantos pobres en silencio, vería David Trueba qué es perder de verdad.