La estabilidad de Navarra, la permanencia de Navarra, la identidad de Navarra, la defensa de Navarra, la historia de Navarra, el progreso de Navarra y hasta la esencia de Navarra subraya ella que están en juego. En su gira más allá de Navarra ya afirmó que no permitiría ni la desaparición de Navarra ni la destrucción de Navarra. Y yo, que sin vivir en Navarra mantengo muchos lazos familiares, laborales, culturales y sentimentales con Navarra, me pregunto, si se permite dada mi extranjería, por la consideración que le merecen los otros 643.863 navarros que, según datos del Gobierno de Navarra, conforman la llamada Comunidad Foral de? pues de dónde va a ser: de Navarra.
Pocas veces se ha visto semejante equiparación entre el destino de un ser humano y el del sitio donde reside. Solo en los regímenes totalitarios y populistas se acuesta alguien convencido de que su hipotética despedida, o su inminente despido, significarán el fin del lugar que pisa. El mayor desprecio que se le puede hacer a un país, y quien dice un país se refiere a sus paisanos, es juzgarlo tan débil, tan huérfano y sumiso, que incluso su propia existencia dependería de una única persona.
No es cuestión de patrias, sino de pasta. Y aunque faltara constancia de corruptelas el despiste sería el mismo. Pues ella olvida que quien paga su sueldo, y de paso las carreteras, aceras y banderas de Navarra, son también esos miles de contribuyentes tildados hoy de irresponsables, pirómanos e invasores. Tierra de diversidad, sí, cuando toca recaudar. Y es que Navarra, como todo topónimo hecho carne, no soy yo y mis circunstancias. Son siempre yo y tus impuestos.