un grupo de víctimas quiere que el terrorismo de ETA sea declarado genocidio. Un tertuliano afirma que la mitad de los catalanes padece el apartheid. Un lector escribe al periódico para recordar el holocausto que se sufre en el País Vasco. Un político iguala el aborto y la solución final hitleriana. Y un parlamentario ha alertado de que Navarra corre el riesgo de convertirse en el gulag. Si así están las cosas en palacio, cómo estarán en el camerino y la peluquería: un periodista denuncia que Sálvame trata a Belén Esteban como la Santa Inquisición y pronto alguien llamará Lista de Schindler a la de los convocados por Del Bosque.
Este afán por engordar hechos con neón trae como consecuencia el sombreado y la frivolización de sucesos incomparables. Quien augura que, con un cambio de Gobierno, Víctor Manuel Arbeloa será Osip Mandelstam no solo insulta al sentido común de sus propios paisanos y a la poesía europea. También se cisca en la memoria de millones de personas y sus descendientes. Quien considera a Txeroki genocida no solo atenta, con perdón, contra el diccionario y el derecho internacional, sino que de paso desinfla la excepcionalidad del horror armenio, bosnio, ruandés o guatemalteco. ¿Acaso ser asesino no es suficiente?
En este reino de la superficialidad escandaliza más oír "coño" que "gulag" en el Congreso. En este imperio de las apariencias ofenden más al orden un saludo negado, una teta suelta o una sandalia aireada que el abuso de equiparaciones escalofriantes. Amenazar con Siberia si un día cae la zarina sienta un peligroso precedente: el próximo Betis-Sevilla, Tercera Guerra Mundial.