Un día Brad Pitt me sacó una foto y me pidió el número de teléfono. Como diría cualquier Lomana: o sea, literal. Por fortuna el vecindario me arrancó el síndrome Dominguín "¿A dónde vas? A contarlo"- oscureciendo la hazaña y centrándose en lamentar mi nula idolatría: "¿Y el autógrafo?". Solo una vez en mi vida lo he pedido, y fue más por lástima que por admiración. Era la hora de la siesta y Leopoldo María Panero babeaba a la nada asfixiante del Retiro madrileño, en la feria de un junio. Alguien de su caseta le pasaba dosis de coca-cola y cuando bebía lagrimeaban sus ojos animalizados. Ahora lo recuerdo allí con aridez de Reinaldo Arenas: "No está solo, es solo".

Andaba yo leyendo algo suyo y aproveché la ocasión para acompañarlo durante un rato en el que ni hablamos. No le hizo ninguna ilusión echar un garabato en mi libro, y tampoco me la hizo a mí. Aquello fue un gesto de errada piedad, no de rendido fetichismo. Hoy incluso los ejecutivos alaban su obra y resulta obligatorio abrillantar su enfermizo vagabundeo. Yo aplaudo un centenar de sus versos pero no entiendo esa manía de encumbrar ciertas biografías erosionadas por el frío, la fiebre, las drogas, el trago o el latrocinio. Desde el sofá se duerme bien bajo el puente.

Y de paso me pregunto cuántos seríamos capaces de soportar a seres tan atormentados en nuestras casas y bares. ¿A cuántos les pediríamos una firma al encontrarlos soñando en el portal con sonetos de garbanzos? No nos engañemos: el malditismo ni daña al poder ni da la felicidad a sus esclavos. Si acaso entretiene a sus vindicadores. Y, en cuanto a mí, ni me busquen en la peli de zombies. No era solo.