Cuenta el israelí, con perdón, Aharon Appelfeld que su familia pasaba los veranos de entreguerras en el campo, a menudo en un centro de aguas termales, donde esperaba que "no hubiera, por supuesto, nadie que hablara yiddish". Si la mala fortuna los obligaba a juntarse con otros judíos, deberían ser como ellos, asimilados. Y destaca que aun así "todos los años, sin falta, como si alguien se empeñara en mortificarnos, acabábamos rodeados de judíos, lo cual dejaba a mis padres con pésimo sabor de boca y no poca irritación".

Describió ese ambiente en Bandenheim 39, obra rica en escenas de auto-odio, ese que por mucho que lo cultiven nunca salva del odio ajeno a sus promotores. Allí recuerda que los músicos del balneario "osaban tocar canciones judías, algo que enfurecía a los clientes habituales". Y cita a un profesor experto en ridiculizar el habla de los asquenazíes, y cuya hostilidad hacia la cultura hebrea era exultante. Casi todos aquellos veraneantes sin embargo eran judíos, y de nada les sirvió tanto afán por renegar de sus raíces. También lo era Liana Millu, italiana que estuvo en Birkenau, a quien el yiddish le parecía "la lengua más horrible de la tierra".

Ella no hablaba yiddish, y Antonio Catalán no habla euskara. No pasa nada, yo tampoco hablo francés. El hombre de éxito, fundador de NH y AC, ha lamentado que Navarra esté "plagada de ikastolas". Quizás para él la lengua más horrible de la tierra sea esa que aprenden y usan miles de sus paisanos. Sea por gusto o por disgusto, ahora ya sabemos quién no es bienvenido en sus hoteles. A menos, claro, que uno sea Txomin del Regato, que no todo va a ser bailar los Pajaritos.