Unos cuantos por aquí han enfermado de malaria ante el indudable éxito de Ocho apellidos vascos. De ningún modo me refiero a esos colegas, algunos de los cuales admiro, que la consideran un bodrio por razones puramente cinematográficas. A mí tampoco me gustó Torrente. Hablo de aquellos ofendidos por el uso o abuso del gentilicio. Están tan cabreados que ni han caído en la cuenta de que esa obra muestra más la imagen exagerada que unos vascos tienen de otros que la que los foráneos tienen de todos nosotros.
No es la cámara caricaturesca de un extraño ignorante, ni la de un centralista con pésima leche. Y tampoco es, aunque a veces lo parezca, la altiva visión de un urbanita a la caza del buen o mal salvaje. Si así fuera, nuestros cines estarían vacíos y en los pueblos la indignación sería absoluta. No: lo que molesta a bastantes paisanos es que esa película saca a la luz, y enseña a millones de espectadores, cierta tendencia ideológica y uniformidad estética que hasta hace poco costaba mucho ridiculizar.
Dos vascos, tres opiniones, sí. Eso que ejemplifica nuestra dificultad para ponernos de acuerdo también cabe entenderse de una forma más terrible. Y es que durante años ha crecido una opinión sobre un sector de esta sociedad que apenas se manifestaba en bares y txokos, una suerte de tercera voz que aunque existía jamás osaba aguar fiesta alguna. No ha hecho falta resucitar a ningún cineasta españolista ni importar a ningún viajero impertinente para que inventen un país irreal. Ha bastado recordar parte de lo que somos, estirarlo hasta el absurdo y, sobre todo, perder el miedo a contarlo. Si fuéramos andaluces, lo último sobraría.