durante la eterna guerra, parlar francés en el sector musulmán de Beirut estaba tan mal visto como usar el inglés en la zona cristiana. A veces era peligroso equivocarse de idioma. La estupidez cainita empujaba a confundir balas y culturas. En nuestros años de plomo también estuvo mal visto hablar euskera en ciertos barrios nobles y plazas sectarias. Flotaban miradas de odio, desprecio o hastío, según el día. No era costumbre de solo cuatro neonazis. Pasaba en las mejores familias.
Con el tiempo, los buenos modales exigieron darle un baño científico al prejuicio. Así que, en primer lugar, propagaron el rumor de que el alumnado del modelo vascófono no aprendería castellano, augurio que sin duda se ha cumplido. Miles de abuelas contratan intérpretes para entender a los nietos. En segundo lugar, airearon la amenaza de que padres y madres serían incapaces de solventar las dudas escolares de la chavalería, lo cual rompería la paz hogareña amén de entorpecer la educación. Y vaya si acertaron. Vasconia bulle de adolescentes que discuten en casa y a ratos suspenden, fenómeno sin parangón en el universo.
Lo último es una dicotomía cool: para qué estudiar euskera existiendo el inglés. Dejando a un lado el hecho de que lo cortés no quita lo Cuauhtémoc, resulta paradójico que los principales gurús políticos de esa idea no han cambiado moribundas sagarras por modernísimas appels, pues siguen alimentándose en exclusiva de castizas manzanas. Aunque quizás lleven razón. Basta viajar a Madrid o Sevilla para comprobar que la ausencia de una lengua incómoda ha convertido a la población en anglófona. Yes, we cum. Y hasta cum laude.