La portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, Ada Colau, estuvo la otra noche en la tele y un periodista le regaló este piropo: "Está usted muy gordita para el hambre que dice que se pasa". Luego otro apoyó en un diario al lisonjero matizando el dato y aportando consejos dietéticos: "Gordita no, gorda. No comas más, Ada, reparte tu grasa". Como hay que estirar el cachondeo un tercero aplaudió a este último en Twitter y añadió que su artículo "rebosa verdad". Y hubo un cuarto, un quinto... y hasta un marqués sobrero que no entendía por qué "a la gorda hay que llamarla flaca".
Un sector del gremio se ha especializado en ser tan aparente y políticamente incorrecto, y en vivir tan bien de ello, que lo suyo es el negocio de ver quién se caga antes en Gandhi. El mocordo más grande se cobra a doblón. Esa supuesta rebeldía contra el orden establecido es en realidad una rentable militancia en el desvarío, el clasismo y la ofensa. Pues una cosa es discutir las normas de circulación y otra muy distinta jugar a kamikaze porque alguien paga el espectáculo. Y el prójimo, que se aparte.
Llamar gorda, o gordita, a quien trata de hacer público el drama de los desahucios no es ser un punki con corbata ni un agitador contra el poder: es soltar un eructo en mitad de un pobre funeral. Llamar gorda, o gordita, a quien se presenta con un saco de infinitas lágrimas no es ser un rompedor ni un ácrata: es usar klínex ajenos para limpiar el culo propio. Si eso, además, se hace no por un ataque de locura ni por un irresponsable ánimo lúdico, sino por pasta gansa, el asunto es grave. Al final era cierto: hay algo peor que pegar a un padre.